NÚMERO
45



ENERO
JUNIO
2020

EDITORIAL

CARLOS GUEVARA MEZA • DIRECTOR DE DISCURSO VISUAL

DESCARGAR


Contra la anestesia


Las múltiples (conflictivas, contradictorias, complejas) relaciones entre arte y política dependen en gran medida, por supuesto, de las definiciones (por lo general implícitas) de ambos términos. Quien reduzca la política al puro juego de las connivencias inconfesables para beneficio de unos pocos, encontrará desde luego muy pocas razones para proponer o justificar dicho vínculo. Una definición más amplia sin duda cambia mucho las cosas. Para Bolívar Echeverría (a modo de ejemplo entre muchos otros autores —Rancière, Negri, Mouffe, Agamben, Butler, por mencionar sólo algunos nombres conocidos), la política es “la capacidad de decidir sobre los asuntos de la vida en sociedad, de fundar y alterar la legalidad que rige la convivencia humana, de tener a la socialidad de la vida […] como una sustancia a la que se le puede dar forma”.

De igual manera sucede con la definición de lo artístico (y el ámbito al que pertenece, lo estético). La mera contemplación arrobada de una “Belleza” inalcanzable, incapaz de acción alguna, es muy difícil de conciliar incluso con la más amplia definición de política. Pero no es la única posición posible: una larga tradición que puede incluir a pensadores como Kant, Schiller, Marx, Marcuse y llega a nuestros días, la tradición de la “dimensión estética libertaria” como la llama Alberto Híjar, concebiría este espacio como la puesta en juego de una sensibilidad que se emancipa de las determinaciones de la desigualdad, la explotación, la miseria y la inacción.

En estos tiempos de epidemia en que el miedo se produce industrialmente como forma de control, en que pareciera que el egoísmo es la mejor apuesta y que surgen por todas partes “brotes” de regresión, xenofobia y fascismo, es importante hacer la reivindicación radical del carácter social de nuestra existencia como seres humanos y partir de ahí para la recuperación, posible ya en el presente, de la solidaridad y la fraternidad, no como una utopía de nuevo lanzada a lo inalcanzable, sino como una realidad que se constata a diario en movimientos sociales de hoy y de antes y en sus juegos simbólicos, estéticos, imaginarios, plasmados en una producción hecha por artistas, profesionales o no, integrados en el seno de esos movimientos. Artistas que han sido capaces de evadir tanto el mesianismo de los que llegan paternalistamente a revelar la verdad, como la simple subordinación que cancela la posibilidad crítica y utópica de una autotransformación de la subjetividad en lucha.