NÚMERO
40



JULIO
DICIEMBRE
2017

EDITORIAL

CARLOS GUEVARA MEZA • DIRECTOR DE DISCURSO VISUAL

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Los muralismos

Cierto discurso dentro de la crítica de arte y la historiografía del arte (muy influyente, por cuanto se repetía en clases de historia del arte mexicano en todas las escuelas donde existía la materia, y de ahí pasaba a prácticas curatoriales y a una especie de "sentido común" histórico) había considerado al muralismo como algo que había dejado de existir prácticamente desde los años cincuenta del siglo pasado. Varias "deudas" se cobraban con esto, en especial la vinculación de muchos muralistas (entre ellos los más importantes) con el Partido Comunista Mexicano y otras posturas de izquierda más o menos radical, por un lado; por otro, la vinculación con el Estado (por el patrocinio de éste para la realización de las obras). El discurso iba más lejos, poniendo en cuestión su calidad y su importancia artística e histórica, al considerarlo sin más como arte "panfletario" (siempre había manera de clasificar como excepción alguna obra o algún artista).

Ello no permitía ver que el muralismo seguía siendo considerado internacionalmente el movimiento artístico mexicano más importante e influyente del siglo XX, sus múltiples vinculaciones con los movimientos de vanguardia (influencias que iban en ambos sentidos) y, lo más importante, que se seguía haciendo, y no sólo en México. Incontables murales de todo tipo, realizados por profesionales o no, a veces por las mismas comunidades, seguían apareciendo en edificios públicos (casas de gobierno, ayuntamientos, escuelas, universidades, hospitales, clínicas, prisiones, plazas y en las calles) con mayor o menor calidad artística, con fines patrióticos, críticos o simplemente estéticos, algunos realizados por artistas del más alto nivel (varios de los cuales eran señalados como enemigos jurados del muralismo, cuando lo eran sólo de determinado tipo de figuración o de cierta función social del mural). Muchos fueron destruidos por motivos políticos, por ser demasiado críticos del sistema o del gobierno en turno, otros por mera especulación capitalista (inmuebles que cambiaban de manos simplemente para construir otro en su lugar) y muchos sólo por falta de cuidado. Por supuesto, un arte específicamente político y público también se siguió produciendo en todo el mundo, aunque sólo algunos nombres llegaran a los libros gracias a la innegable calidad e importancia de la obra (casi siempre demeritando o desconociendo el papel social de este tipo de arte, y por tanto ignorando al resto de los artistas y las producciones con estas características).

El ya no tan reciente (pero que continúa) boom del street art, por un lado, y por otro la visibilidad y el impacto mundial de los movimientos llamados genéricamente “anti-sistema” (comillas más que necesarias porque, como decía una de sus más célebres consignas: “No somos anti-sistema, el sistema es anti-nosotros”) han logrado proyectar ciertas producciones de tipo político que podríamos encuadrar (mutatis mutandis), y se ha hecho, dentro de las coordenadas programáticas del muralismo histórico, no solamente forma parte de las prácticas estético-políticas y organizativas habituales de dichos movimientos, sino también presentes en las más altas esferas de la institucionalidad artística global (como la Documenta de Kassel o la Bienal de Venecia). Así las cosas, la discusión sobre los muralismos se vuelve completamente necesaria.