NÚMERO
46



JULIO
DICIEMBRE
2020

EDITORIAL

CARLOS GUEVARA MEZA • DIRECTOR DE DISCURSO VISUAL

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Defender la alegría


35 años de un Centro (que en realidad tiene más, si contamos sus antecedentes) es sin duda una ocasión para festejar. Es difícil hacerlo, sin embargo, en los momentos en que una pandemia nos ha arrebatado tantas vidas, incluyendo la de grandes artistas y académicos, maestros fundamentales y excelentes amigos nuestros; a parientes cercanos y queridos, o cuando nosotros mismos hemos estado en riesgo por este mal terrible. Cuando el miedo al contagio y a la pérdida nos atenaza y vuelve extraños a todos los demás. Cuando, para muchos, la sobrevivencia misma por una economía afectada por la cuarentena necesaria está en riesgo. Y, también, cuando el obligado confinamiento nos ha mantenido a sana pero dolorosa distancia de nuestros colegas y de ese Centro cuya vida queremos celebrar.

La pandemia explica nuestra tardanza en aparecer, confiados como estábamos al principio en regresar pronto. La realidad nos ha desmentido terriblemente. Aquí estamos, pese a todo, con un número que por única ocasión no se sometió al sistema normal de arbitraje. Las razones para ello son, por supuesto, la misma emergencia sanitaria y la naturaleza de los artículos que consideramos que serían difíciles de evaluar por los reconocidos académicos externos al Cenidiap que suelen asistirnos generosamente en esa labor. El resultado, creemos, no relaja el alto estándar académico que nos hemos fijado como meta en nuestra revista. Los artículos aquí incluidos son testimonios de primera mano de la historia del Cenidiap, de sus fondos documentales y de sus investigaciones, pero también de otros procesos e instituciones vinculados con nuestro Centro y con nuestros académicos: fuentes para varias historias aún no escritas.

En lo personal, el recuento me hace sentir muy orgulloso de formar parte de una institución cuyo dinamismo es evidente. Cientos de libros, miles de artículos; la cuidadosa organización de encuentros, coloquios, foros, seminarios y cursos, cada uno con profundas investigaciones detrás como sustento; millones de documentos amorosamente compilados; el largo y trabajoso tejido de redes con instituciones académicas y museísticas, con artistas, académicos, críticos, curadores, coleccionistas, pero también con grupos sociales y colectivos organizados para la defensa o la promoción de nuestro patrimonio cultural (no como una abstracción vaporosa y bonita para adornar discursos, sino como procesos históricos de significación y sentido imbricados en formas de vivir, de resistir, de recordar e imaginar), dan cuenta de una labor que hasta ahora ni sismos ni pandemias han logrado detener. Y vamos por más.

De ahí que estemos contentos y que nos sintamos en la obligación, como dice el poeta Benedetti, de defender la alegría por nuestra historia, nuestro trabajo y nuestro futuro, que compartimos aquí con ustedes.